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Breve apología de una amistad

¿En qué momento te das cuenta que tus amigos ya no lo son? ¿Cuándo te das cuenta que lo que te queda en común con ellos es el hecho de que siempre fueron tus amigos? ¿Acaso será cuando la música calla y no quedan más copas por beber ni temas por hablar? ¿Cuándo no eres requerido más? ¿A menos que haya que prorratear una cuenta entre varios para que el precio no sea tan elevado y entonces sí se piensa en el ausente? ¿Será cuando se justifica la lejanía bajo el argumento de “ya no tenemos nada en común”?

Por supuesto que ya no es el momento de hacerte la pregunta o quizá ahora sea el momento ideal.

-¿Amigo mío, en dónde estás? ¿Qué sucede contigo? ¿A qué debemos tu ausencia?-
Quisiera pensar que a un amigo le importa, ¿pero le importa qué? Todo lo que a su amigo atañe aunque sea estúpido o intrascendente que nunca lo debería ser… Si te interesa a ti, me interesa a mí.
Recuerdo esos momentos de niñez en que las cosas eran diferentes y pasábamos horas juntos, muchas de ellas acepto que sin hacer mucho de nada y qué divertido era aquello. Pasamos juntos experiencias que ni en tres vidas se pueden acumular. Juegos, escuela, risas, mujeres, lágrimas y dolores. Dónde estabas tú estábamos los demás y viceversa. Era una amistad en la que no importaba si no tenías dinero o si no lo tenía yo…

Pero cambiamos. Nos volvimos “exitosos” en lo que hacíamos y cambiaron nuestras perspectivas y exigencias. Los juguetes se hicieron más caros, las borracheras más finas y el matrimonio para muchos se convirtió en estrategia para un correcto desarrollo de táctica.
Empezamos a “tomar bandos”. El bando de los exitosos, ese subgrupo para hacer negocios triunfantes, el bando de los amigos de las esposas con los que por supuesto hay que convivir… Eso sí, manteniendo el alto perfil, la máscara de la eterna felicidad y el “aquí todo está bien”.

Cambiamos en efecto… Solo que en vez de cambiar el mundo, el mundo nos cambió y pateamos aquellos sueños de juventud llenos de grandes planes e ilusiones de crecimiento conjunto, siempre apoyados haciendo unión y fuerza. Dejamos de encontrar atractivas las virtudes de cada uno para concentrarnos en las vicisitudes de cada uno. Caímos en el “establishment” y dejamos salir al gran empresario que llevamos dentro para ser aspirantes a magnates del nivel de Slim, más grandiosos que Hafid y por ende los vendedores más grandes del mundo. Terratenientes de especulación, escritores intrascendentes, pescadores deportivos o lo más bajo de todo, socialités… Conocidos de todos, amigos de nadie. Hoy queremos hacer lo que no pudimos siendo más jóvenes.

-Tic toc, tic toc…– Corre el cronómetro y nos preparamos para correr maratones, ejercitamos en exclusivos clubes privados y hablamos de mantener la actitud ganadora pero somos incapaces de transmitirlo y atraer a nuestros amigos con acciones y no con palabras. Vivimos gastando más pero teniendo menos.

-Sino, mira las hermosas y grandes casas en las que no siempre son bienvenidos aquellos a quienes en algún momento llamamos amigos.-

Nos reunimos con frecuencia pero tenemos menos tiempo en lo individual para ese amigo de verdad y nos creemos expertos en la naturaleza humana del mismo. Somos sabios señores pasando juicios de expertos sin realmente sentarnos a razonar el por qué es más fácil compartir sonrisas, alcohol y buenos momentos que una hora para escuchar las “miserias” del amigo.

Qué razón tiene aquel que dijo que vivimos rápido, enojados, estresados, amando poco y odiando mucho. Dejamos de tomar en cuenta todas las razones por las que nos encantaba estar juntos para pensar en todas las razones de por qué mejor no estarlo.

Nos volvimos cínicos pensando: “Ha cambiado” y ¿sabes qué? Los que cambiamos fuimos otros.

Hoy me avergüenzo de mi actitud y de verdad, temí preguntarte: ¿Tienes con quien hablar? Temí preguntarte porque temía a la respuesta:

-No, no realmente por miedo a dejar en el descubierto aquello obvio, ya que lo que se ve no se juzga.-

En efecto, lo que se ve no se juzga. Te encontré frustrado, débil, frágil, solo y pobre, de dinero y espíritu, acorralado, cansado, a punto de tirar la toalla.

Extraño a aquel roble grande y fuerte, amigo de sus amigos que cuando tuvo siempre dio, dinero y espíritu. Quisiera decirte que lamento tu cansancio y tu soledad, que entiendo tus circunstancias, que te ofrezco una disculpa y te pediría, te rogaría que no tires la toalla. Aún hay al rato y un posible mañana.

Recuerdo y de manera dolorosa y lamentable aquella frase:

Tú te alejaste, nosotros seguimos ahí.-

-Así es, siempre han estado ahí. Pero sin mí.-

Y es que aquel que se aleja, por lo general tiene razones para hacerlo porque como el animal herido, ya no se siente a la altura de quienes le rodean.

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