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Por las calles de la Habana

Hace mucho tiempo, alguien amablemente compartió conmigo una supuesta entrevista con Ernest Hemingway en la que expresó sus sentimientos acerca de los cubanos. Palabras más o menos decía lo siguiente:

-¿Por qué vive en Cuba?¿Que opina de los cubanos?-

Su respuesta fue la siguiente:

-“Ah…. los cubanos”- (suspira)

“Los cubanos están en todo pero no son de nadie. Ni de ellos mismos. Beben en la misma copa de la alegría que de la amargura y hacen música de su llanto y se ríen de la música. Toman en serio los chistes y hacen chistes de lo serio. No creen en nadie y creen en todo. No se le ocurra nunca discutir con ellos jamás, los cubanos nacen con sabiduría. No necesitan leer libros, todo lo saben. No necesitan viajar, todo lo han visto. Son algo así como el pueblo escogido… por ellos mismos.

Los cubanos se caracterizan individualmente por su simpatía e inteligencia y en grupos, por su gritería y apasionamiento. Cada uno de ellos lleva en sí la chispa de los genios y los genios no se llevan bien entre sí, de ahí que reunir a los cubanos es fácil, pero unirlos es casi imposible.

No se les hable de lógica, pues eso implica razonamiento y mesura y los cubanos son hiperbólicos y exagerados. Por ejemplo, si invitan a uno a un restaurante a comer, no le llevan al mejor restaurante del pueblo sino al mejor restaurante del mundo.

Cuando discuten no dicen: No estoy de acuerdo contigo; sino: Estás completamente equivocado.

Los cubanos aman tanto la contradicción que llaman “monstruos” a las mujeres hermosas y “bárbaros” a los eruditos. Ofrecen soluciones antes de saber el problema ya que para ellos no hay problema. Todos saben lo que hay que hacer para eliminar el terrorismo, encauzar al país, eliminar el hambre, pagar la deuda externa o cómo llegar a ser una potencia mundial.
Ellos no entienden por qué los demás no les entienden, cuando sus ideas son tan sencillas y no acaban de entender, por qué la gente no quiere aprender a hablar español como ellos.
Me encanta Cuba por su gente.”-

No sé si dicho texto es real o no. Ni siquiera importa, ya que era como leer acerca de mi propia familia.

Puesto que soy descendiente de cubanos, por ambos lados de mi familia, decidí que quería ver la Habana a través de los ojos de Hemingway y entender de dónde vino el amor por su “segunda patria”.

Quería descubrir el sabor del aguacate, la piña y el mango de la forma en que él lo describió en su artículo publicado para la revista “Esquire” en el otoño de 1933.

Quería desayunar en uno de los cafés favoritos de “Papa Hemingway” en el centro de La Habana o caminar a lo largo del muelle en San Francisco, donde paraba su barco “Anita”. Así que lo hice.

Fui de arriba a abajo; por dentro y por fuera, lugar por lugar… El Barrio Chino, Víbora Park, Santa Amalia, 10 de Octubre, Fontanar y Miramar, lo viejo y lo nuevo. Caminé la calle de San Isidro, el barrio de Atarés, los muelles y las colinas de Casablanca.

Crucé la bahía a pesar de la rigurosa seguridad del Estado opresivo, que controla el ir y venir de los barcos, así como aquellos que viajan a través, y pese a regaños y prohibiciones tomé fotografías.

En la orilla, me tomo una respiración profunda, y el olor de la arena y mar entra a mis pulmones, acompañados por el ritmo y la melodía de las olas rompiendo contra las rocas del embarcadero, salpicando su fresco rocío en mi cara y la lente.

Allí mismo, delante de mí, tras un muro no muy distinto al otrora de Berlín, la pretérita iglesia de “Regla”, con su pintoresco parque y casas dispersas, arropadas por sus elevaciones adyacentes como lo hace una manta suave y esponjosa.

Me gusta hablar, hacer preguntas. Soy curioso por naturaleza y dentro de mí vive una bestia de gran apetito por la comprensión y el conocimiento. Este monstruo desea saber más, y yo siendo débil, sucumbo a su voluntad por lo que debe ser alimentado.

Sostengo diálogos intensos e interesantes con extraños a quienes nunca volveré a ver – Y cuentan con ello.- Por lo que se abren y confiesan, siendo entonces cuando las verdades son mejor articuladas. Claramente hablado… la triste realidad de Cuba se hace más evidente.
Muchos de ellos no saben que existe algo mejor, aquellos que si lo saben, nada pueden si no tienen como conseguirlo, por ende nada que hacer al respecto; aquellos que pueden, porque tienen algún tipo de medio para pagar por ciertas cosas, no siempre las pueden conseguir porque no siempre hay disponible. Así que, como Doña Evangelina me dijo: “aquí to’o está jodido”- (SIC)

De vuelta en las calles, caminando mi camino, llego al Vedado, a “Paseo” la calle donde vivían mi padre y el resto de la familia antes de salir de su país de origen a causa de la revolución. Contemplo la magnificencia de su entorno. Sus colores, su arquitectura, su lujo que sólo es comparable con la belleza y majestuosidad del Paseo Montejo en Mérida Yucatán.

Cierro los ojos y por un breve, fugaz momento. Viene una imagen, una idea; el pensamiento de cómo esta ciudad debe haber sido en su época de oro, en el momento de la opulencia y la libertad. No puedo evitar preguntarme qué habría sido de Cuba sin revolución.
Mucho es todavía desconocido para mí, pero estoy descubriendo cómo el pasado y el presente se encuentran y colisionan en un silencio por demás escandaloso, que sobrepasa a la mentira oficialista. Comprendo menos y me cuestiono aún más. Cuestiono la forma en que he vivido, cómo solía entender la vida… Hasta ahora.

La Habana es esa mezcla de lo que es, con lo que era. Su gente es feliz y agradecida de tener una barra de pan para el día, un aguacate o un dulce como postre. Aprecian lo que nosotros damos por sentado. Los que vivieron lo bueno, el entonces, recuerdan el pasado como una fábula, como una historia de algún otro lugar.

“Son más de 50 años desde el triunfo de la Revolución” dice Luis, de 48 años, casado y con dos hijas, doctor en economía que nunca conoció la Cuba de ayer. Sólo a través de anécdotas o la historia oficial del Estado. Cuando ejercía su profesión, obtenía un sueldo aproximado de $50 dólares americanos al mes. Ahora que Luis dirige un lugar turístico, gana entre sueldo y propinas cerca de $600 dólares mensuales que le han permitido una mejor calidad de vida para él y su familia.

Si la “máquina” o “goma” de Luis (así es como le llaman al automóvil y neumático) se rompe o pincha se mueve, busca como y recibe una reparación. Lo mismo aplica a casi cualquier elemento cotidiano. A diferencia de nosotros, ellos hacen que funcione.

Nosotros nos hemos convertido en una sociedad inútil, malcriada y consumista que afortunadamente tiene todo a mano. Hemos dejado de valorar las cosas y tomamos todo por sentado. Tenemos la suerte de no saber lo que la palabra “necesidad” realmente significa.

El neumático se ha ido, no es gran cosa, compramos uno nuevo, algo se rompe, simplemente lo reemplazamos. Es así de simple. Todo nuevo, todo reemplazable. Todo se compra y se vende. Eso incluye almas y voluntades, si el precio es correcto… pero eso es aquí y en Cuba.

Me voy de La Habana y me llevo conmigo su olor. Una mezcla de humo de tabaco, ron, café tostado, salitre y humedad. Me llevo sus imágenes como una pintura que esconde entre sus líneas y colores, amor compartido, sexo furtivo, soledad, necesidad y dolor sepultados detrás de una sonrisa, un brindis y un bolero.

Aquí, el tiempo cruel duro e implacable pasa para todos, pero no en Cuba, donde es igual de feroz y despiadado, solo que ahí no pasa, ahí se ha detenido.

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