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“Mi ya larga…” – Cuando fumaba

Mi querido amigo y pluma a seguir; Pablo A. Cicero Alonzo, me hizo el favor de compartir conmigo un magnífico editorial de otra de mis plumas favoritas; Rafael Pérez Gay, escritor, editor, periodista y fundador de la editorial Cal y Arena, quien describe lo que he sentido los últimos días. A ambos, “Gracias totales” como dijese el inmortal Cerati por tan prolíficas palabras y parafraseando a Pérez Gay, hoy escribo:

Cuando fumaba

“He pensado que cuando fumaba era feliz” Así inicia el editorial de Rafael Pérez Gay quien después hace una negación de tal estado, ya que como yo, el también opina que la felicidad no existe, no es una meta al final del camino.

A mi humilde ver, la felicidad se compone de momentos que nos traen bienestar, pertenencia, alegría. Todo lo anterior es igual a felicidad pero ya me desvié.
En estos incipientes 18 días sin humo de tabaco, he sentido una mezcla de orgullo por estar haciendo lo correcto, pero al mismo tiempo, una gran soledad, infelicidad y desosiego ya que aún no soy capaz de ver hacia adelante y vislumbrarme en el futuro sin mi cajetilla de cigarrillos “Malmuero” (Marlboro), la apertura y el olor del paquete recién abierto, la primera fumada del primer cigarro de la mañana acompañado de su respectivo café… Ese es el que más extraño, el que me produce la mayor melancolía, el que me acompañaba en ese rato de la mañana cuando me sentaba a escribir. Por alguna razón en palabras de Pérez Gay “era el cigarro que me hacía sentir que mejoraban mi vida, como si tuviera más ilusiones y más sueños que perseguir”.

Cada vez que leo lo que escribo, me doy cuenta de cómo el cigarrillo me persigue, se incrusta en mi historia, la de mis personajes quienes como yo, son adictos cuyas vidas y meandros giran en torno a sus momentos de humo. Como yo, mis protagonistas tienen momentos únicos conformados de canciones y bebidas que se maridan y hacen el amor, disfrutando del acorde, nota, sabor, olor y fumada…

Han sido muchos años de ser compañeros de tristeza, alegrías, éxitos y fracasos, como cuando me publicaron por primera vez. Fue un medio insignificante (que incluso hoy en día ya ni existe) un cuento corto igual de insignificante tal vez para la gran mayoría de los 2.5 lectores de aquella revista, sino es que para todos, pero no para mí, ya que fue cuando supe, cuando entendí que lo que más disfrutaba en mi vida era escribir.

Saqué mi primer cigarro del día, de una cajetilla nuevecita, tomé la revista y la abrí en la página donde se encontraba mi pequeña e insignificante historia que con ojos ansiosos miré emocionado para leer y re leer.

Encendí mi cigarro, le di una profunda bocanada y lo acompañé de un generoso trago de mi humeante café de cuerpo denso y cremoso, con muy baja acidez y fuerte aroma terroso, pensando en lo que frente a mí yacía y lo que eso significaba. Que difícilmente podría vivir de la pluma y que por ende tendría que encontrar el “como sí” me tendría que ganar la vida.
Ser periodista no era opción. Ya había trabajado en medios el tiempo suficiente para saber que siempre, siempre hay línea y que nunca se es libre al escribir.

De nuevo, como dice Pérez Gay en su editorial: “Siempre que recuerdo una escena familiar hay humo en ella”. Me identifico con eso. Mi tío Rudy, mi primo Miguel Antonio y su inseparable guitarra, mis abuelas y abuelos, mi mamá… Siempre humo, “mucho humo y ceniceros atestados de colillas, y cajetillas vacías, arrugadas como una cordillera en honor de la adicción”.
Mi último cigarrillo me lo fumé la noche del domingo 5 de octubre a eso de las 10 de la noche más o menos, convencido entonces como ahora, que sería el último de mi vida. Con esto no pretendo de ninguna manera dar una lección de vida, faltaba más… de nuevo en palabras de mi admirado Rafael Pérez Gay “nomás faltaba que enturbiara esto con la miel de una lección de vida o con un consejo edificante”.

Para mí ya no es opción, pero eso no significa que para quien pueda y le guste lo deje de hacer.

Retomo lo que dije al inicio de esta nota que fue inspirada en el editorial de Pérez Gay que mi amigo Pablo Cicero me envió, plagada de referencias a muchos que en pasados días han contribuido enormemente en esta difícil empresa y que su apoyo me ha resultado crucial.
Cuando fumaba era feliz. Sí, sí que lo era, pero como anoche me dijo mi querido amigo Aldo Aguilar, ex fumador y hoy gran y reconocida figura nacional de buceo a pulmón, cuando tocamos el tema:

“Se genera una codependencia, igual que cuando estas enculado de alguien y se termina la relación. Al principio la costumbre es lo que te parte la madre, lo sufres en tiempo y momento, con el paso del tiempo pasa y hasta se te olvida, pero es un proceso.”

Así es, palabras más que sabias. Dejar de fumar es casi casi igual que romper con quien crees es el amor de tu vida. En un tiempo está fuera de tu sistema, de tu cuerpo, pero no de tu mente.

Esta batalla continúa…

Les dejo el editorial de Rafael Pérez Gay.

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